Las Vidas que Crecen (44) (Spanish Edition)


La vida es un cúmulo de azares y los buenos y malos momentos son la convergencia de dichos azares. Entonces un día hace mil años pudiste soñar que hoy, al abrir los ojos, el universo engendraría ese momento exacto que sirvió de derrotero al eterno ser. Así, cargando con el incalculable peso de todos los pasados, contemplas la complejidad que ante tus ojos dibuja eso que de ahí en adelante será el rostro de lo incomprensible e inevitable.

Todas tus incansables peleas con tus demonios y tu infierno jamás serán suficientes para ganar. Y ni la líquida belleza de lo humano o la alegría que de ella emana podrán nunca permanecer en tus manos que clamorosos siempre caerán a rasgar tu rostro, la máscara y los ojos desorbitados que anonadados miran lo incomprensible.

Y es que, desde la más lejana y compleja niñez, jamás tus pasos perdieron el decaer. Comprendiste, rápido o lento, esa lejanía entre tu individualidad y el eco de todo lo demás. Ni la inocencia de la juventud, ni la lucidez de su hacer te pueden salvar. Y cuanto más caminas, entiendes que la vida es un recurrente círculo de idóneas dimensiones para enloquecerte a ti y a todo el que sigue su discurrir.

Un círculo que se proyecta a la sociedad y la contagia de su cárcel. Y que, sin razón ni lógica, un día implosiona hacia ti. Y tal vez ese día, como es hoy, te puedan sanar, amar y alegrar; o jugarán contigo el juego de la destrucción y la muerte.

Entonces ningún consuelo es consuelo, y la única máxima que te guía es que, tarde o temprano, tendrás que continuar; seguir adelante y ya.

Todo ello lo aprenderán el pequeño Alejandro y sus compañeros de clase a una edad precoz. Y una vez en él, ya no habrá retorno posible.